viernes, 3 de junio de 2011

Ellos saben quiénes son.

Los tosedores tienen una lógica distinta, inventan una causalidad y actúan según ella: si toso ahora, no voy a necesitar hacerlo durante la función. Como si hubiera una asignación de toses por persona, y cada uno eligiera cuando hacer uso de ellas. Toser en un silencio excluiría hacerlo durante la música, impidiendo a los señores y señoras de butacas vecinas deleitarse con el chelo y el violín y el suave piano: ¿qué culpa tienen ellos, ¿y por qué deben cargar con el metabolismo abdominal de los octogenarios o los resfriados crónicos?

Por eso, muchas veces, tosen aunque no lo necesiten. Toser para ellos es un deber: un acto antinatural, y especulador. Toser crea un sonido, que sale del cuerpo (el instrumento cuyo swing es el vaivén de plegaria atragantada). Y toser es parte de la función. Quizá los tosedores hasta sean parte de la orquesta, y estén desparramados estratégicamente por la sala, para generar un efecto de tos lejana, de tos sana, de tos de invierno. Otros tosen porque no soportan el silencio.

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