sábado, 24 de septiembre de 2011

uno de hace mil sobre un señor..

Esto le pasó a otro:

Fui a comer fideos al café Los Andes. A la bolognesa. Todos los viernes como pasta, en el café, en la mesa de cuatro que da a la ventana, sólo. Germán sabe lo que voy a comer, pero por las dudas me mira, yo lo miro y asiento: lo de siempre. Me preparo, como acicalándome para una ceremonia. Con métodos. La servilleta doblada en dos sobre el regazo, el salero a la izquierda, el cenicero a la derecha, en la otra mesa. Yo hago caso al médico, me atengo a su orden como a una guarida, y eso parece garantizarme un curso normal de las cosas. La cajita con sobres de azúcar frente a mí, para lo último.

Llega la panera. Pellizco y abro un paquete de grisines. Sin convicción. Empujo las migas hacia el piso. Aquí no pasó nada. Los fideos humean. Me invade un alivio por estar acá, en mi mesa, frente a un plato caliente, en un día frío. Lo mejor es que tengo hambre.

Queso rallado, otra servilleta a modo de babero. Y pincho y enrosco y adentro. Y pincho y enrosco. Y hay un hombre afuera, mirándome por la ventana. La boca bien abierta, y adentro. Me mira, no me enojo. Hoy pienso que tiene derecho, es viernes.

No me mira a mí, no soy tan importante. Mira el plato de fideos y sigue su curso como si estuviera leyendo un libro u oyendo un relato. Con pura atención, aunque en la avenida suenen taladros y motores de colectivos.

Me sorprende no enojarme. Sigo comiendo con una leve sonrisa, él también mira con alegría.

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