lunes, 26 de marzo de 2012

domingo, 25 de marzo de 2012

para continuar o burn after reading!

estaba pensando en pensamientos y en canciones,
en cuántas cosas se evitan al hacer y cuántas se provocan al omitir,
en que uno no es tan culpable por lo que hace ni tan inocente por lo que deja de hacer
en si existe esa isoterma de honestidad que alguna vez hablamos,
en la que nos movemos tratando de hacer equilibrio en la soga de cada uno, que no existe, pero que es lo único que existe en realidad..
en que todo lo que te hace bien puede también hacer mal (como diría el fito pá)
en muchas cosas más,
como las dos caras de la ambición,
en las caras de las cosas por un libro que hojée por ahi
en el mareo y el equilibrio
y no sé que más...

lunes, 19 de marzo de 2012

no se puede vivir tranquilo che..

Me ocurrió ayer...Debo decir que nada puede igualarse, en ciertos aspectos, en cierto modo, con el horror del dilema que viví...Me encontré en la situación en que lo humano que hay en uno debe vomitar...Podría decirlo. Puedo atormentarme o no con esto, en realidad sólo depende de mí.
Estaba acostado bajo el sol, estratégicamente situado en la cordillera que forma la arena acumulada por el viento en el extremo de la playa. Son unas montañas de arena, dunas, ricas en colinas, vertientes, valles, un laberinto curvilíneo y polvoriento, en algunas partes coronado por un arbusto que vibra bajo el incesante empuje del viento. A mí me protegía una Jungfrau bastante alta, noblemente cúbica, altiva, pero a unos diez centímetros de mi cabeza empezaba el ventarrón que azotaba sin tregua un Sahara quemado por el sol. Unos escarabajos- no sé cómo llamarlos- erraban penosamente por ese desierto, con fines ignorados. Y uno de ellos, al alcance de mi mano, yacía patas para arriba. Lo había volteado el viento. El sol le quemaba el vientre, lo que tenía que ser particularmente desagradable si se toma en consideración que ese vientre suele permanecer moviendo las patitas, y sabía que no le quedaba sino ese monótono y desesperado movimiento de las patas...ya desfallecía, quizás llevaba así muchas horas, ya agonizaba.
Yo, gigante inaccesible para él, con una inmensidad que me hacía ausente para él, miraba ese movimiento... alargué la mano y lo libré del suplicio. Se puso a caminar hacia delante. En un segundo había vuelto a la vida.
Apenas lo había hecho, cuando vi un poco más allá a otro escarabjo idéntico al anterior, en idéntica situación. Movía las patitas. Y el sol le quemaba el vientre. No tenía ninguna gana de levantarme... Pero, ¿por qué salvar a uno y al otro no? ¿Por qué a aquél, mientras que a este...? Hiciste a uno feliz, ¿pero tiene que sufrir el otro?Tomé una ramita, alargué la mano... lo salvé.
Acababa de hacerlo cuando vi un poco más allá a otro escarabajo idéntico, en posición idéntica. Movía las patitas y el sol le quemaba el vientre.
¿Debía transformar mi siesta en un servicio de socorros de emergencia para escarabajos agonizantes? Pero ya me había familiarizado demasiado con ellos, con su ridículamente indefenso movimiento de las patitas... y comprenderán quizá que que si ya había empezado a salvarlos no tenía derecho a detenerme precisamente en el umbral de su derrota... demasiado cruel y en cierta forma imposible, imposible de cometer... ¡Bah! Si entre aquél y los que había salvado existiera alguna frontera, algo que me autorizara a desistir... pero no había nada, solamente diez centímetros de arena más, siempre el mismo espacio arenoso, "un poco más lejos" es verdad, pero solamente "un poco". Y movía las patitas de la misma manera. Sin embargo, después de mirar a mi alrededor vi "un poco" más lejos a cuatro escarabajos moviendo las patitas, abrazados por el sol... no había remedio, me levanté y los salvé a todos. Se fueron.
Entonces apareció ante mis ojos la vertiente deslumbradora-calcinante-arenosa de la loma vecina y en ella cinco o seis puntitos que movían las patas: escarabajos. Me apresuré a salvarlos. Los salvé. Y ya me había quemado tanto con su tormento, integrado a ellos, que al ver cerca otros escarabajos, en las llanuras, en las colinas, en las barrancas, aquella islita de puntos torturados, empecé a moverme en la arena como un loco, ¡ayudando, ayudando! Pero sabía que eso no podía continuar eternamente, pues no sólo esta playa sino toda la costa hasta más allá de donde la vista se perdía estaba sembrada de ellos, entonces tenía que llegar el momento en que diría "basta" y tenía que llegar a un escarabajo que ya no salvaría. ¿Cuál? ¿Cuál? ¿Cuál? A cada rato me decía "éste", pero lo salvaba, no pudiendo decidirme a la terrible, casi ingominiosa arbitrariedad- ¿por qué ése, por qué aquél? Hasta que al fin se realizó en mí la quiebra, de pronto, llanamente, suspendí en mí la compasión, me detuve, pensé con idiferencia "bueno, debo regresar", recogí mis cosas y me marché. Y el escarabajo, ese escarabajo ante el que interrumpí mi socorro quedó moviendo las patitas (lo que en realidad ya me era indiferente, como si hubiera perdido el interés por ese juego... pero sabía que tal indiferencia me era impuesta por las circunstancias y la llevaba en mí como algo ajeno) .


de witold, sí..

lunes, 5 de marzo de 2012

El ruido del metal desafina el resto de las cosas.

Son las tijeras que cortan y forman.

Cuerpos y letras.

Hay adornos humillados sobre el mueble.

Al fin, el ruido de los guantes de goma

enmascarando las manos pálidas.

Frotar una hormiga contra el mármol,

borrar con algodón.

La camilla se enfría,

y el plato masticado también.

Se separa tal cual se nombra

cada cuarto encerrado.

Hambre y náusea, las dos quietas

en el espacio.

sobre la esma asma

El ruido del metal desafina el resto de las cosas.

Son las tijeras que cortan y forman.

Cuerpos y letras.

Hay adornos humillados sobre el mueble.

Al fin, el ruido de los guantes de goma

enmascarando las manos pálidas.

Frotar una hormiga contra el mármol,

borrar con algodón.

La camilla se enfría,

y el plato masticado también.

Se separa tal cual se nombra

cada cuarto encerrado.

Hambre y náusea, las dos quietas

en el espacio.

sábado, 11 de febrero de 2012

un buen postre

El Otro Yo

Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.

Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.


viernes, 27 de enero de 2012

clichetera

Cada tanto, tengo que hacer tiempo en la calle. Entonces voy a la cafetería de la esquina, donde se cruzan dos grandes avenidas. Colectivos, pequeñas muchedumbres en las veredas esperan para cruzar, otros ya sobre la calle apuran el tránsito.

Todos conocen estas avenidas, todos las transitaron alguna vez: son una verdad fundamental, más que popular. Desde aquí se puede venir de cualquier lado y llegar a cualquier barrio. Que una persona sea vista por acá- sea un filósofo, contador, hijo de patricios o técnico en computación- no dice nada. Por eso me siento cómoda: aunque quisieran juzgarme por sentarme en este bar al lado de la ventana, con un libro y un cortado, no podrían hacerlo.

No sólo por eso me siento cómoda. También está el mozo, que siempre me recibe bien.

El es un auténtico mozo, que actúa con inocencia y compromiso la entidad de este oficio.

En general pido combinaciones extrañas, que me dejan con el hambre en la boca, como una palabra que no tengo derecho a decir. Por ejemplo, una ensalada de frutas (duraznos en almíbar, nada es perfecto) y un cortado.

El mozo espera junto a la barra, supervisa el evento constante de mesas como mundos, percibe las potenciales necesidades de cada una, interpreta los gestos; un ademán hacia adelante significa tengo hambre, un par de manos frotándose es servilletas para la mesa dos, miradas impacientes es pedir la cuenta. Si no está mirando el espacio, él mira su uniforme, obviamente. Lo corrige en su prolijidad, el moño, el honorable delantal, revisa los botones de la camisa.

Cuando trae mi pedido agrega una jarra con agua, anticipándose a mi sed, y una oblea de guarnición al cortado. Esto es ser mozo. No me juzga, me deja ser, y hasta me alienta. El jefe aquí es él. Autoridad tácita, como anciano que vivió siempre en el pueblo, mozo que fue siempre mozo, que asume y acepta su trabajo, y que además deja en los clientes un inocente resabio paternal, un lazo en el que él es siempre quien nos sirve en bandeja nuestra intimidad, esa en donde no importa que esté leyendo un tratado de Obligaciones o La Divina Comedia. El que al traernos la cuenta cierra la complicidad, tira la llave en cualquier cajón. Y se sorprende con la propina.

Y nosotros, los clientes, nos vamos más livianos, a otro barrio o a la vuelta, habiendo sido hijos por un rato de un mozo que puede llamarse Miguel o Esteban, en un bar en la esquina donde se cruzan dos grandes avenidas.