miércoles, 19 de octubre de 2011

hablando de la paciencia..

El dispositivo de la paciencia se encuentra en el medio del pecho, no en una latitud exacta sino más bien aproximada. Esencialmente tiene una forma ovalada, pero su superficie varía, ya que se expande o contrae, es decir, se contractura y relaja respectivamente, dependiendo de los estímulos exteriores a los cuales se expone. Durante la noche, por ejemplo, en ciudadanos de buena salud y sueño profundo, el dispositivo se relaja a tal punto que deja de ser una masa compacta y determinada, y se deforma o muta en líneas que siguen la dirección del cuerpo acostado, es decir, paralelas al suelo.

Durante el día, podemos observar tendencias y extraer conclusiones sobre el comportamiento de este aparato de funcionamiento tan simple: sístole y diástole constantes, como si el dispositivo tuviera su propio pulso, autónomo e independiente del corazón, porque su tracción no es a sangre, sino a sensación. En las grandes ciudades constituye un desafío lograr mantener bajo el pulso pacientíquico, aunque algunos afortunados lo tiene naturalmente. Pero no es el caso de la mayoría, que ante un colectivo que atraviesa un semáforo rojo rozando la vida de algún anciano, o ante un niño que no da señales de parar de llorar en un vuelo de larga duración, pueden llegar a convertir su óvalo de la paciencia en un quiste que obstaculiza cualquier tráfico intercorporal. Estos quistes no deben ser subestimados, es decir en caso de detectar su formación, y aún más preferiblemente, su gestación, debe procederse a ciertos mecanismos –estandarizados o personalizados- que logran diluir y ablandar el bulto por medio del derretimiento que genera el calor benigno de los mecanismos de apacientización. Más allá de las predisposiciones individuales y las herencias maternales, existen ciertos lugares y situaciones, y hasta aún personas, que logran con grandes probabilidades contraer como una piedra o expandir como un chicle el dispositivo. La utopía o nirvana a la que algunos aventureros se dirigen es la de lograr amansar de tal forma el dispositivo, que la paciencia se convierta en una línea del grosor de un hilo, que permita sostener a un equilibrista, y que a su vez no lo catapulte como un resorte, si éste decide hacer alguna gracia.

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